lunes, 24 de febrero de 2014

IJT

Voy pisando madera tras madera, las rieles parecen inacabables y, sin embargo, una tras otra van quedando atrás, como prometiendo algo.
Pasos que no se van a repetir y resultan tan monótonos.
La lluvia, el sol, las plantas, el cálido sonido de la naturaleza. Todo es tan hermoso que parece de mentira.
La vista me hipnotiza, me hace vivir un sueño real alejada de cualquier problema, tristeza o miedo.
No necesitaba sentirme querida, ni cuestionar religiones o ideologías, caminando, el cuchicheo de los árboles, misteriosos insectos, el viento, las aves, se metían a mis oídos sin que yo tuviera que escuchar, sugiriéndome que lo que observaba y sentía era suficiente respuesta, que eso era lo puro, lo que necesitaba, no ayer no  mañana sino en ese momento. Sentía lo ajeno mío y con nostalgia de que ese paisaje no duraría mucho bajo mis pies. 
Pensaba por ratos en que el hombre inventa, por el capricho de sentirse más protegido, situaciones superficiales que escapan de todo lo que tenemos a nuestro al rededor y que no sabemos apreciar de la manera adecuada, complicando nuestras vidas buscando la perfección "divina", invisible (material, plástica, superficial, cara). 


No sé, encontré esto de hace unos tres años cuando volví de una caminata por la selva de Cusco. Nunca me leo hace dos años porque siento un pudor inexplicable, así que sólo agregaré esta nota al final y lo publicaré.

No hay comentarios:

Publicar un comentario