Hay mil temas tabú a nuestro al rededor y nos empeñamos en hacernos los muy post modernos y los gritamos, los toqueteamos, los desmitificamos.
Chévere, pero hay un problema: nosotros también tememos nuestros propios temas tabú y pueden ser realmente incómodos y hasta pueden causarnos lagunas.
No sabía cómo volver a escribir en este blog así que hoy hablaré de mi tema tabú, ¿qué mejor idea que hablar de lo que no quiero hablar?
Se trata de mi chico tabú.
(Suspiro, escribo, borro, escribo, me apeno mucho, mueca, pienso, y creo que ya escribo).
Cuando lo vi por primera vez, tenía 13 (sí, 13 años) y jamás pero JAMÁS me imaginé que iba a volver a verlo ni que terminaría siendo mi "primer gran amor" (ay, qué cursi).
En fin, unos tres años después (ya tenía 16), cuando estaba de vacaciones e iba a pasar a 5to de secundaria, me agregó a facebook, supongo que por los muchos amigos en común que tenemos.
Él estaba en Europa por el verano y no podía dormir por el cambio horario y chateábamos toda la tarde hasta que se hacía de noche y para él amanecía.
Fue así como empezamos a hablar y conocernos, hablábamos de nuestras metas, de tonterías, de comida, de nuestra familia, de nuestras personalidades opuestas, él me hablaba de su pasión por la tecnología y las matemáticas, yo le hablaba de arte y la luna, le hablaba de Lima y él me contaba de Arequipa. Así es, vivíamos en ciudades distintas.
Quería demasiado verlo en persona, ver sus ojos brillando y ver el "jajaja" tipeado en su sonrisa. Y el momento había llegado.
Fue un día de marzo, él llegaba y estaría en la capital por un par de días y luego tomaba un vuelo a Arequipa. Nos encontramos, nos miramos, nos sonreímos, nos gustábamos.
Se fue y pasamos el tiempo conversando por chat, por el celular, emocionados y, sin darnos cuenta, pasaron dos meses y yo estaba en Arequipa de viaje familiar.
Así que volvimos a vernos y, francamente, hasta ahora nunca he vuelto a sentir esa conexión, parecíamos dos niños descubriendo el mundo cuando estábamos juntos, me encantaba que rompa con su timidez y que haga locuras y a él le encantaba mi locura. Fui por una semana pero me quedé 15 días más y llegó la despedida. Nervios, abrazos, besos torpes, llave-puerta, adiós, noche, llorando con toda mi soledad y tristeza.
Volvimos a la conversaciones del chat y llegó junio. Llegó un junio en el cual ya no nos aguantábamos lejos y no, no nos encontramos. Yo me fui a Francia por un mes. En mi orgulloso intento de madurez (y un poco por seguir consejos) aproveché la falta de tiempo para hablar con él máximo una vez a la semana y creo que él también lo quiso así. Pero hasta ahora me pregunto si hubiera hecho lo mismo por mi propia determinación, si no hubiera hecho caso a todas mis amigas, que me sugerían apartarme de él, de toda su timidez y de lo mucho que lo extrañaba.
El resultado fue volver y notar un frío, frío espacio y una distancia muy distinta a la que, de por sí, ya nos separaba. Íbamos hablando de a pocos y yo sufría, sufría mucho y él me hablaba pero distinto y menos, por los trabajos, o decía algo así.
Dos meses después, nos veríamos en Cusco. Ahora no sería igual, no sabía qué esperar con esa extraña distancia, sabía que le gustaba, pero algo andaba raro.


No hay comentarios:
Publicar un comentario